Verdades y mentiras
Leyendas de Santiago: lo que es verdad y lo que no
Toda ciudad con mil años de peregrinos acumula historias. Aquí van nueve de las que más se repiten, contadas enteras y después comprobadas: qué hay de hecho documentado y qué de leyenda que se fue puliendo con los siglos.
Santiago lleva doce siglos recibiendo gente que necesita contarse una historia sobre por qué ha llegado hasta aquí. Eso produce dos cosas a la vez: un patrimonio histórico extraordinariamente bien documentado —pocas ciudades españolas conservan un relato tan detallado de su propio origen— y, pegada a él, una capa de leyenda que se ha ido engordando guía tras guía, sin que nadie se pare a mirar de dónde sale cada dato. Las dos cosas conviven en las mismas plazas, a veces en la misma frase. Esto es un intento de separarlas.
Las campanas que Almanzor se llevó a Córdoba
La versión que se cuenta en cualquier visita guiada es esta: en el año 997, el caudillo musulmán Almanzor arrasó Santiago pero respetó la tumba del Apóstol; entre el botín se llevó las campanas de la catedral hasta Córdoba, donde las colgaron como lámparas en la Mezquita, y allí permanecieron hasta que Fernando III conquistó la ciudad en 1236 y las devolvió a Santiago a hombros de prisioneros musulmanes, en un gesto de justicia histórica perfectamente simétrico.
El ataque de 997 es un hecho sólido, recogido tanto en crónicas cristianas como árabes de la época. Lo que empieza a resquebrajarse es el episodio de las campanas. La primera versión escrita de la historia no aparece hasta dos siglos después del suceso, en la Crónica Najerense del siglo XII —y en esa versión más antigua, las campanas no van a Córdoba: van a La Meca. El destino cordobés es una reelaboración posterior, y ni siquiera hoy las fuentes se ponen de acuerdo: algunas hacen terminar el viaje de vuelta en Toledo, no en Santiago. Ninguna crónica árabe contemporánea al ataque menciona el episodio. Y hay un detalle que remata la cuestión: la torre donde hoy cuelga la campana que llamamos Berenguela ni siquiera existía en 1236 —se empezó a construir en 1316—, y la campana física actual se fundió en 1729, sin relación material alguna con la de la leyenda.
La sombra del peregrino en la Praza da Quintana
De noche, cuando se enciende la iluminación de la fachada trasera de la catedral, uno de los pilares de granito de la Praza da Quintana proyecta sobre el muro una silueta que parece una figura encapuchada, con la cabeza inclinada como si caminara. Es una de las fotos más repetidas de Instagram en la ciudad, y casi siempre viene acompañada de la misma leyenda: un clérigo enamorado de una monja del cercano convento de San Paio de Antealtares, citas nocturnas fallidas, y una condena a vagar eternamente por la plaza convertido en sombra.
El fenómeno óptico es completamente real —basta ir de noche y comprobarlo—. La historia que lo explica no tiene nombre propio, ni fecha, ni fuente documental de ningún tipo: es una leyenda urbana de las que circulan de boca en boca y de blog en blog, sin que nadie haya podido rastrear su origen más allá de "siempre se ha contado así".
El Santo dos Croques y los tres cabezazos
En la cara posterior del parteluz del Pórtico de la Gloria, mirando hacia el interior de la catedral, hay una figura arrodillada que durante generaciones se identificó como autorretrato del propio Maestro Mateo, el genio que talló todo el conjunto en el siglo XII. La tradición estudiantil —muy viva antes de exámenes— era darse tres golpes suaves de cabeza contra la suya, el "santo dos croques", para "contagiarse" de su sabiduría.
Hoy esa costumbre está prohibida: la restauración integral del Pórtico, terminada en 2018 tras diez años de trabajos, cerró el acceso físico a la piedra para protegerla del desgaste de siglos de cabezazos y manos. Y la propia identificación de la figura empieza a discutirse entre especialistas: algunos defienden hoy que no representa al Maestro Mateo, sino a un peregrino cualquiera arrodillado en actitud de penitencia.
La Quintana de Mortos, el cementerio bajo la plaza
La Praza da Quintana se divide en dos niveles con nombres que dan pistas: la Quintana de Vivos, arriba, junto al convento de San Paio, y la Quintana de Mortos, abajo, pegada a la fachada de la Puerta Santa. El segundo nombre no es metafórico: durante siglos fue el cementerio principal de la ciudad, el lugar donde se enterraba a los compostelanos antes de que la plaza se convirtiera en el espacio abierto que es hoy.
Sobre cuándo dejó de usarse como camposanto, las fuentes no coinciden. Unas sitúan la conversión en plaza hacia 1611. La prensa histórica local, sin embargo, sostiene que los enterramientos continuaron hasta bien entrado el siglo XIX, hasta 1833. No hay documentación que aquí zanje la disputa con una fecha única y segura.
El botafumeiro que salió volando
El incensario gigante que recorre el crucero de la catedral de pared a pared es, para mucha gente, la imagen que resume Santiago. Y como todo objeto espectacular que pesa decenas de kilos y vuela suspendido de una cuerda, arrastra su propia leyenda negra: la de las veces que se ha soltado en pleno vuelo. Se citan tres episodios históricos, en 1499 (o 1501, según la fuente), 1622 y 1937, ninguno con víctimas mortales confirmadas.
El primer episodio se suele asociar a una visita de Catalina de Aragón a la catedral, de camino a casarse con el heredero inglés. Aquí hay un problema de fechas: Catalina se casó por poderes en 1499, pero su viaje físico a Inglaterra no ocurrió hasta 1501, así que si el incidente está ligado a su presencia real en Santiago, la fecha correcta debería ser la segunda, no la primera —una de esas pequeñas inconsistencias que se arrastran de libro en libro sin que nadie las corrija. Lo que sí está fuera de duda es que el botafumeiro, como objeto y como ritual, aparece ya descrito en el Codex Calixtinus del siglo XII, y que su mecanismo actual fue restaurado en 2024.
La tumba perdida y hallada del Apóstol
Esta es, de las nueve, la historia mejor documentada de todas, y quizá la menos contada con detalle pese a ser el motivo por el que existe la ciudad. En 1589, ante la amenaza real de un ataque del corsario inglés Francis Drake sobre la costa gallega, el arzobispo Juan de Sanclemente ordenó ocultar los restos del Apóstol para protegerlos. La operación funcionó tan bien que, con el paso de las generaciones, se perdió la memoria exacta de dónde estaban escondidos.
La tumba permaneció perdida durante casi tres siglos, hasta que en la noche del 28 al 29 de enero de 1879 un equipo dirigido por el canónigo e historiador Antonio López Ferreiro, por impulso del arzobispo —después cardenal— Miguel Payá y Rico, la redescubrió bajo el altar mayor. La autenticidad de los restos no se dio por buena solo con el hallazgo: el papa León XIII los autentificó formalmente mediante la bula Deus Omnipotens, firmada el 1 de noviembre de 1884.
El conxuro de la queimada, que no tiene mil años
Pocas tradiciones gallegas se presentan con tanta seguridad como ancestrales y célticas como la queimada: el aguardiente de orujo flambeado, removido en un cuenco de barro mientras alguien recita en voz alta el conxuro para espantar a las meigas. La imagen vende sola una antigüedad milenaria. El problema es que no puede ser tan antigua: destilar aguardiente requiere un alambique, una tecnología que llega a la península con los árabes entre los siglos XII y XIII, muy lejos ya de cualquier Galicia céltica. El propio historiador Carlos Alonso del Real desmontó esa idea en 1972.
Pero la sorpresa mayor está en el propio conxuro, el texto que se recita durante el ritual y que suena a fórmula ancestral transmitida de generación en generación. No lo es: lo escribió una persona con nombre y apellidos, Mariano Marcos Abalo, en Vigo, en 1967 —añadió después, en 1974, las referencias a Satán y Belcebú que hoy casi todo el mundo asocia al texto—. Circuló durante décadas de mano en mano sin firma, hasta que su autor lo registró oficialmente en 2001. La tradición del ritual en sí, tal como se practica hoy, se formaliza en el siglo XX: la primera referencia documentada data de 1916, y quien fijó el formato que conocemos fue un club de Ourense, la Peña Trevinca, en 1951.
Los 24 músicos del Pórtico de la Gloria
En el arco superior del Pórtico de la Gloria, los veinticuatro ancianos del Apocalipsis tallados por el Maestro Mateo no están ahí decorativamente: cada uno sostiene un instrumento musical medieval concreto y reconocible, catalogado por los especialistas con un detalle asombroso —un organistrum, catorce cítaras, cuatro salterios, dos arpas—. La precisión con la que están representados es tal que en 2005 un equipo de investigadores construyó réplicas funcionales de esos instrumentos a partir de la piedra, y hoy se puede escuchar cómo sonaba, en teoría, la orquesta pétrea del Pórtico.
Es habitual escuchar en alguna visita guiada que entre esas figuras hay un rey David tocando la gaita, un guiño gallego dentro del conjunto románico. David sí aparece representado en el Pórtico, pero ninguna fuente especializada le asigna ese instrumento en concreto: parece un embellecimiento popular más que un dato real.
La Casa da Parra y la Casa da Troya
En la parte alta de la Quintana, la Casa da Parra es un edificio barroco de finales del siglo XVII obra de Domingo de Andrade —el mismo arquitecto responsable de la torre Berenguela—, reconocible por la parra de piedra tallada sobre su balcón. A un paso de ahí, en la Rúa da Troia número 5, hay una casa con un nombre que suena a novela porque lo es: es el edificio real que Alejandro Pérez Lugín usó como escenario de su novela de 1915 La casa de la Troya, la ficción estudiantil compostelana más famosa del siglo XX. Hoy funciona allí un pequeño museo dedicado a la novela, abierto por temporadas.
Lo que las guías repiten sin comprobar
No todo lo que circula sobrevive a una verificación mínima. Un ejemplo típico es el dato, repetido en incontables guías turísticas, de que el reloj de la torre Berenguela tiene "una sola aguja". No hay ninguna fuente especializada ni documentación del propio reloj —instalado en 1833 por Andrés Antelo— que sostenga esa afirmación. Es el tipo de detalle pintoresco que se repite porque suena bien, no porque alguien lo haya comprobado. Que una historia se cuente mucho no la convierte en cierta; y que una historia sea reciente —como el conxuro de la queimada— no la hace menos genuina. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez, y a Santiago, con doce siglos de peregrinos contándose historias entre las mismas piedras, le sobran ejemplos de ambas.
Preguntas frecuentes
¿Se puede ver la sombra del peregrino de la Quintana?
Sí, es un fenómeno óptico real: se proyecta de noche, con la iluminación de la fachada, sobre uno de los pilares de granito de la Praza da Quintana. La leyenda del clérigo enamorado que la explica, en cambio, no tiene ninguna fuente documental.
¿Es verdad la historia de las campanas de Almanzor?
El ataque de Almanzor en 997 sí ocurrió. El viaje de las campanas a Córdoba y su regreso en 1236 es una leyenda que apareció dos siglos después de los hechos, con versiones contradictorias incluso en las fuentes más antiguas.
¿Puedo darle el cabezazo al Santo dos Croques?
No. Desde la restauración del Pórtico de la Gloria, terminada en 2018, está prohibido tocar la piedra para protegerla del desgaste. La tradición existió y fue muy popular entre estudiantes, pero hoy solo se puede mirar.
¿El conxuro de la queimada es una tradición antigua?
El ritual tal como se practica hoy se formalizó en el siglo XX, y el texto del conxuro que se recita lo escribió una persona concreta, Mariano Marcos Abalo, en 1967. No es una fórmula céltica ancestral, aunque sí forma parte legítima de la cultura gallega contemporánea.
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